
Entre los pasillos del supermercado, su nombre empezó a sonar entre los empacadores, quienes admiraban su honestidad y su empeño. Fue así como un día, durante una visita del entonces senador Rafael Calderón figura reconocida en la provincia de Azua, los empleados le hablaron del joven trabajador, paisano suyo.
El senador, rodeado de aplausos y sonrisas, lo mandó a llamar. Frente a todos, se comprometió a ayudarle con los estudios. “¡Yo soy un hombre de palabra!”, exclamó con firmeza cuando el joven, con humildad pero sin ingenuidad, le pidió su número por si se le olvidaba llamarlo. La multitud aplaudió emocionada aquella promesa hecha en voz alta.
Pero la llamada nunca llegó.
Lejos de rendirse, ese joven encontró en la decepción una razón para esforzarse aún más. Estudió por su cuenta, se graduó y hoy es un profesional destacado. Nunca necesitó que nadie lo llamara.
Esta historia no busca atacar ni ensuciar la imagen de ningún político. Busca abrir los ojos. Porque no se puede construir el futuro esperando favores. Este relato es un llamado a la juventud azuana: confíen en ustedes mismos, trabajen por lo suyo y no dejen sus sueños en manos de promesas vacías.
Entre líneas de código, matrices de riesgo y trazos de diseño, también habita un inconforme. Ingeniero en Sistemas y Computación, Analista de Riesgo de Crédito Corporativo, diseñador gráfico y crítico social. No me basta con entender el sistema: mi propósito es cuestionarlo, retarlo y transformarlo. Y si en el trayecto puedo ayudar a alguien más, entonces vale aún más la pena.
“Aquel que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo.”
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