
“El mundo no se divide entre los que merecen y los que no, sino entre quienes han sido convencidos de que lo merecen y quienes no tuvieron tiempo de preguntárselo.”
Vivimos en una época donde el éxito personal ha sido entronizado como la máxima prueba del valor individual. La meritocracia —esa seductora promesa de que cada quien alcanza lo que se gana con esfuerzo— domina el imaginario colectivo. Sin embargo, bajo su aparente justicia se esconde una maquinaria ideológica que, lejos de nivelar el terreno, legitima las desigualdades estructurales como si fueran elecciones personales.
Meritocracia: la religión sin dioses
La meritocracia no es solo un principio organizador de la vida pública; es, como diría Roland Barthes, un mito moderno: una narrativa que transforma una construcción histórica en una verdad natural (Barthes, 1957). Nos hace creer que el talento y la dedicación bastan para alcanzar el éxito, ocultando así las condiciones estructurales que condicionan —o imposibilitan— ese ascenso.
Michel Foucault advirtió que el neoliberalismo no reprime al individuo, sino que lo forma como una empresa de sí mismo (Foucault, 2004). La meritocracia lleva esta lógica al extremo: cada quien es su propio proyecto, su marca personal, su inversión de capital humano. Pero en esta lógica de constante optimización, el fracaso deja de ser una contingencia y se convierte en culpa. No alcanzaste el éxito, entonces algo hiciste mal.
Filosofía contra la ilusión del mérito
El filósofo John Rawls planteó un punto crucial en A Theory of Justice (1971): nadie merece sus talentos innatos ni las circunstancias sociales en las que nace. Por tanto, estructurar la justicia social en base al mérito es perpetuar una arbitrariedad moral. Hannah Arendt fue aún más lejos: cuando convertimos el mérito en vara universal de valor humano, borramos la pluralidad y la dignidad del diferente (Arendt, 1958).
Como advierte Michael Sandel, una meritocracia verdadera sería incluso más cruel que una aristocracia hereditaria: al menos los aristócratas sabían que su estatus era un accidente de cuna. En cambio, el mérito fabrica una jerarquía moral donde los ganadores se sienten superiores, y los perdedores, avergonzados (Sandel, 2020).
El gran truco: competir con la herencia
La economía política nos ofrece una refutación contundente. Thomas Piketty, en El capital en el siglo XXI (2013), muestra que en las economías modernas la riqueza heredada crece más rápido que los ingresos por trabajo. En otras palabras, el mérito no compite con la herencia: se somete a ella. Lo que determina el éxito no es el esfuerzo, sino el capital —económico, cultural o simbólico— acumulado por generaciones anteriores.
David Harvey describe cómo el capitalismo se reproduce hoy no tanto por productividad, sino por desposesión: privatizaciones, endeudamiento, gentrificación (Harvey, 2003). Bajo este esquema, el discurso del esfuerzo individual encubre una lógica sistémica de expoliación.
En América Latina, el 10% más rico concentra la mayoría de la riqueza, y esta es abrumadoramente patrimonial. La movilidad social real es mínima, pero la narrativa meritocrática sobrevive, convertida en clientelismo moral: “Si no lo logras, es culpa tuya.”
Biopolítica del rendimiento: del panóptico a la autoexplotación
La meritocracia, lejos de liberar, somete desde dentro. Foucault (2004) lo describe como una tecnología de gobierno que transforma al individuo en gestor de sí mismo. Byung-Chul Han (2010) profundiza esta idea: ya no somos oprimidos por otros, sino por nosotros mismos. El sujeto neoliberal se autoexplota mientras cree que se realiza. Vive cansado, culpable y ansioso por no “dar la talla”.
Incluso el ocio debe ser rentable. Dormir poco se celebra. Meditar se monetiza. Vivimos en una sociedad donde el alma es una hoja de cálculo y el cuerpo, una interfaz de productividad.
¿Y si el mérito no fuera la solución, sino el problema?
El discurso meritocrático no falla cuando produce desigualdad: esa es su función. Sirve para ocultar que el éxito depende del origen, las redes, la herencia, y no únicamente del esfuerzo. Sirve para culpabilizar al fracasado, invisibilizar las estructuras y perpetuar el orden social.
Necesitamos volver a pensar la justicia desde lo común, no desde la competencia. Como sociedad, urge recuperar la noción de que el valor humano no puede medirse en resultados, ni la dignidad se gana con esfuerzo. Porque si el mérito lo es todo, entonces el que no tiene éxito no solo fracasa: deja de merecer.
Economista y apasionado de los datos, porque sé que ellos narran lo que es, no lo que quisiéramos que fuera. En cada cifra descubro los patrones silenciosos de nuestra sociedad: cómo nos movemos, cómo nos agrupamos, cómo cambiamos. Trabajo leyendo esas huellas que dejamos sin darnos cuenta.
Soy un curioso incansable, siempre atento a la gran película que proyectan los datos sobre quiénes somos. Cada base de datos es una escena, cada tendencia un giro, cada hallazgo una manera distinta de mirar nuestra realidad en movimiento.
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