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Educación dominicana en jornada extendida, ¿avance o agotamiento infantil?

Desde la implementación del 4% del PIB para la educación en República Dominicana, se han promovido políticas como la jornada escolar extendida, con la intención de mejorar la calidad educativa, reducir la desigualdad y ofrecer más tiempo de aprendizaje. Sin embargo, a más de una década de su aplicación, surgen interrogantes sobre sus efectos reales en el bienestar de los niños y adolescentes.

En muchos sectores del país, especialmente en zonas urbanas y rurales, los estudiantes deben levantarse entre 5:30 y 6:30 a.m. para llegar a tiempo a sus centros educativos, cuyo horario de entrada está establecido para las 7:45 a.m. Esta rutina, repetida cinco días a la semana, genera fatiga crónica, afecta el rendimiento cognitivo y limita el tiempo de descanso, juego y convivencia familiar.

Desde la neuroeducación, se sabe que el cerebro infantil necesita sueño reparador para consolidar aprendizajes, regular emociones y desarrollar funciones ejecutivas. La privación de sueño, combinada con jornadas escolares de hasta 8 horas, puede provocar estrés tóxico, irritabilidad, dificultades de atención y bajo rendimiento académico.

La jornada extendida, en teoría, debería incluir espacios para el arte, el deporte, la lectura libre y el desarrollo socioemocional. En la práctica, muchos centros carecen de panelistas, talleristas y personal especializado, lo que convierte el tiempo adicional en una prolongación de clases tradicionales, sin innovación ni descanso.

La psicología educativa advierte que el aprendizaje significativo requiere variedad de estímulos, pausas activas y ambientes emocionalmente seguros. Cuando el aula se convierte en un espacio de presión constante, el niño no aprende mejor, sino que se adapta para sobrevivir al sistema.

Al salir de la escuela a las 4:00 p.m., muchos estudiantes reciben tareas que deben completar en casa. Esto reduce aún más el tiempo disponible para compartir con la familia, jugar con amigos del barrio o simplemente descansar. La infancia se ve colonizada por la escuela, y el hogar pierde su función de refugio emocional.

Desde la perspectiva de la salud psicoemocional, esta dinámica puede generar ansiedad, frustración y desconexión afectiva. Los niños necesitan espacios para expresarse, explorar, equivocarse y ser escuchados. Cuando todo gira en torno al rendimiento escolar, se corre el riesgo de deshumanizar la educación.

Muchos padres y madres se sienten abrumados por la carga escolar que sus hijos traen a casa. En lugar de fortalecer el vínculo familiar, las tareas y exigencias generan conflictos, tensiones y agotamiento compartido. La escuela debe ser un espacio de formación, pero no puede invadir el tiempo familiar.

La psicología familiar propone que el aprendizaje debe ser coherente con los ritmos de vida, respetando los espacios de juego, conversación y afecto. La familia no debe ser vista como una extensión del aula, sino como un entorno complementario que nutre el desarrollo integral.

A pesar del aumento en inversión educativa, la violencia escolar y comunitaria sigue en ascenso. Esto revela que el modelo actual no está logrando transformar las condiciones estructurales que afectan a la niñez. La falta de tiempo para el juego libre, la socialización y el desarrollo emocional contribuye a una infancia desconectada, reactiva y vulnerable.

La neurociencia social indica que el cerebro humano se desarrolla en interacción con otros. Si los niños no tienen tiempo para construir vínculos sanos, resolver conflictos y experimentar la empatía, se limita su capacidad para vivir en comunidad.

La jornada extendida y el 4% para la educación fueron pensados como avances. Pero si no se acompañan de una revisión profunda del modelo pedagógico, una redistribución del tiempo escolar, y una integración real de la familia y la comunidad, corren el riesgo de convertirse en estructuras que agotan más que educan.

Es urgente repensar la educación desde la neuroeducación, la psicología y la salud emocional, reconociendo que el bienestar infantil no es un lujo, sino una condición esencial para el aprendizaje. La escuela debe formar, pero también cuidar, respetar y liberar.

Carlos De León
cmdeleondelapaz@gmail.co |  Otros artículos de este autor

Especialista en Psicología Educativa y Neuroeducación, con sólida formación en Teología, Criminología y Criminalística. Cuenta con una Maestría en Psicología Criminal y Psicología Penitenciaria. Su trayectoria combina el análisis del comportamiento humano con una profunda vocación por la cultura, el derecho y las relaciones humanas basadas en el respeto y la empatía.